EL VIAJE A LA ETERNIDAD DE LA “QUISISANA”


A mis amigos Neido Brito y Ventura Díaz, y a todos los familiares de las víctimas de la “Quisisana”

El 13 de enero de 2001 se cumplían cincuenta años de una de las mayores desgracias (si no la mayor) marineras de La Palma: el triste naufragio del motovelero “Quisisana”, frente a las costas de Barlovento, ocurrida el sábado 13 de enero de 1951; diez personas que iban a bordo, ninguna sobrevivió. Y la mar sólo devolvió cinco cadáveres. Las otras cinco, jamás se encontraron.

La “QUISISANA” era una pequeña embarcación de 40 toneladas, una falúa o “faluga” como dicen en La Palma, propiedad de la Casa Duque (José Duque Martínez), adquirida durante los años cuarenta en Tenerife y traída para La Palma, donde fue reiteradamente reparada, bien en el antiguo varadero del Puerto de Santa Cruz de La Palma, bien en las mismas aguas de la bahía del Puerto, ahorrándose así los marineros el pago de los gastos de varadero. Al decir de mi buen amigo José Díaz Duque, la nueva “Quisisana” reparada no se parecía en nada a la que José Duque Martínez trajo de Tenerife.

La “Quisisana” fue dedicada a realizar viajes de cabotaje entre el Puerto de Santa Cruz de La Palma y el resto de la Isla, especialmente con los pueblos del Norte (Barlovento y Garafía), a los que aún no llegaba la carretera, de manera que el suministro de mercancías, víveres y pasaje se realizaba fundamentalmente por mar, con falúas y barcos como la “Quisisana”.

En 1949, cuando el volcán de San Juan cortó la carretera entre Fuencaliente y Los Llanos, fue la “Quisisana”, entre otras embarcaciones, la encargada de mantener a diario las comunicaciones con toda la zona del Valle, vía Tazacorte, actuando como correo y transporte de mercancías, víveres y pasaje. No es de extrañar que esta “faluga” fuese conocida en toda la Isla, así como su tripulación, famosa por su profesionalidad y acrisolada honradez. La más de las veces, al llegar la “Quisisana” a los “puertos” del Norte, en los que no era posible el atraque, las faenas de carga y descarga se realizaban a brazo, utilizando una chalupa o barquilla de remos para trasladar la carga del barco a la costa; cuando la mar no estaba muy “católica” y la lancha no podía amarrarse a tierra, se lanzaba la carga sobre la costa, utilizando la técnica de “tres más una”: cada tres olas chicas viene una grande que elevaba la chalupa a la altura de la costa, momento en que los fardos y “belillos” (1) eran arrojados a tierra mediante la fuerza de los brazos. Y lo mismo se hacía con el pasaje, que no era numeroso pero sí asiduo.

Tengamos en cuenta también que la “Quisisana”, en los viajes de vuelta, traía los plátanos que entonces comenzaban a plantarse en la costa de la Fajana de Barlovento.

Podemos imaginarnos la dificultad extrema de aquella forma de trabajo, que corría pareja con la más absoluta honradez, aún hoy en el recuerdo de muchas personas: la tripulación de la “Quisisana” recibía encargos de nuestros paisanos del Norte, muchas veces en dinero, para pagar o comprar en Santa Cruz de La Palma. Jamás firmaron un recibo: bastaba con un apretón de manos o la palabra. Nunca defraudaron a nadie.

A finales de los años cuarenta, don José Duque Martínez llegó a un acuerdo con la tripulación de la “Quisisana”, en particular con don Hermenegildo Brito San Fiel, el patrón, don Santiago Sánchez García, “Pulido”, el motorista, don Buenaventura Díaz Fernández, don Domingo Sosa, entre otros, para que se hicieran dueños de la embarcación en condiciones aceptables para los trabajadores. Y así lo hicieron. Cuando sucedió la tragedia del naufragio (13 enero 1951), la “Quisisana” ya la habían pagado sus nuevos propietarios.

El último viaje

Durante casi todo el mes de diciembre de 1950 y las primeras semanas de enero de 1951, la mar no estaba en buenas condiciones para navegar, especialmente hacia Barlovento y Garafía. Los palmeros sabemos cómo se pone la mar en esas costas del Norte de la Isla y los problemas que ocasiona. Ejemplo claro son las inacabadas obras del embarcadero de Puerto Espíndola. La mar del Norte es temible, y cuando está enfurecida, da pavor contemplarla desde las costas: inmensas olas, permanentes y machaconas, que se abren desde muy lejos, arrojando toneladas de agua y espuma contra los rompientes, a los que con frecuencia cubren en muchos metros hasta ser detenidas por los riscos y, además, son aguas profundas, muy profundas. Si a esto añadimos la presencia de bajíos peligrosos cercanos a la costa, deduciremos fácilmente la peligrosidad de singlar por estas costas con mar bravío. Con estas condiciones de la mar no era posible navegar hacia Barlovento y Garafía, y ya eran muchos los días que la población del norte de La Palma estaba prácticamente incomunicada. Recordemos que en aquellas fechas no existía aún carretera que comunicara Barlovento y Garafía con el resto de la Isla. Y no llegaban los suministros: alimentos no producidos en esas zonas (aceite, azúcar, café, etc.) artículos varios, desde las alpargatas al petróleo, tan necesario para las molinas de gofio o los quinqués, medicamentos, fósforos, ropa y correo. La situación, en plena época del “racionamiento”, no podía ser peor. Al decir de Ventura Díaz hijo “¡Garafía gritaba!”.

Evidentemente, todo esto pesaba sobre los responsables de la “Quisisana” que, además, tenían que llevar alguna perra a sus casas. Me imagino cómo serían aquellas Navidades del 50 para unos y otros.

El día doce de enero pareció que la mar mejoraba, y se decidió salir en la madrugada del día siguiente. Así se hizo. En la muy madrugada del sábado 13 de enero de 1951 partía la “Quisisana” rumbo a Santo Domingo de Garafía, con catorce toneladas de carga general, en la que sería su trágica última singladura hacia la eternidad.

Componían su tripulación las siguientes personas:

Hermenegildo Brito San Fiel (“Merege”), patrón, de 63 años, casado y con cuatro hijos.

Santiago Sánchez García (“Pulido”), motorista, casado y con cuatro hijos.

Antonio Rodríguez Brito, marinero, casado y con tres hijos.

José Miguel Rodríguez Pérez, marinero, natural de Tazacorte, casado y con cinco hijos.

Buenaventura Díaz Fernández, marinero, casado y con tres hijos.

Juan Felipe Toledo, marinero, soltero, con once sobrinos huérfanos a su cargo.

Andrés Martín Brito, marinero, soltero.

Y como pasajeros:

Bernabé Rodríguez García, de 43 años, natural de Garafía y padre de siete hijos.

Gregorio García Medina, de 46 años, natural de Garafía y con dos hijos.

Hilaria Rodríguez Fernández, de 52 años, natural de Garafía y madre de cuatro hijos.

Como antes se dijo, la embarcación era propiedad de sus tripulantes y de don Domingo Sosa, el único de los dueños que no embarcó en este viaje. Casi toda la tripulación era del barrio de La Luz y San Telmo, barrio de tradición marinera histórica en Santa Cruz de La Palma, y muchos de ellos pertenecían a la misma familia (Hermenegildo Brito, el patrón, era tío de los marineros Antonio Rodríguez Brito y de Andrés Martín Brito).

También se da la paradoja de que Buenaventura Díaz Fernández no tenía previsto navegar ese día, pero lo hizo en sustitución de un sobrino suyo, Santiago Álvarez Díaz, que se encontraba indispuesto.

Y pudieron ser más los pasajeros. Según me relata Frasco Felipe, amigo y padre de mis amigos Jaime y Chano Felipe Felipe, él mismo tenía previsto realizar este viaje con la “Quisisana”, pues como empleado del Empaquetado de Plátanos de don Frasco Pinto, tenía que ir con frecuencia a la Fajana de Barlovento, junto con Antonio Cabrera (después popular guardia municipal de Santa Cruz de La Palma), para hacerse cargo de la manipulación de las piñas de plátanos de la Fajana, que en los viajes de vuelta traía la “Quisisana”. Frasco, convecino de doña Hilaria Rodríguez Fernández (la única pasajera) en la calle de El Tanque, pensaba, además, llevar a su hijo de pocos años, Jaime, a pasar unos días en Garafía con doña Hilaria. Pero esa madrugada del día señalado, Frasco Felipe estaba enfermo, y desistió del viaje, al igual que su amigo, el ya desaparecido Antonio Cabrera, quien, al no ir Frasco, tampoco fue él. ¡Bendita gripe que salvó la vida a Frasco, a su hijo Jaime y a Antonio Cabrera!

El naufragio

La “Quisisana” pasó frente a Santa Cruz de La Palma, con aquel “tu-tu-tu-tu” característica de la “falugas” que aún hoy algunos recordamos, dobló la Punta de Martín Luis, el último punto al Norte que se ve desde la Capital y subió frente a Puntallana hacia Barlovento.

Sobre las cinco de la madrugada pasó frente al Faro de Barlovento (el farero decía que iba “muy abierta”, esto es, alejada de la costa) y después ya no se la vio aparecer siguiendo el itinerario normal, sin que tampoco se oyera el ruido de sus motores.

¿Qué había pasado? Aún hoy no se sabe con certeza, pero la teoría más probable pudiera ser esta: en la zona del naufragio se encuentra la peligrosísima Baja de los Corchos, era aún de noche cerrada, había intensa niebla, la mar encrespada y olas altas.

Todo, conjugado con la mala suerte, llevó a la “Quisisana” a estrellarse contra dicha Baja. Murieron todos, las diez personas, entre tripulación y pasaje, que viajaban en la “Quisisana”.

Pronto comenzaron los comentarios de todo tipo en la Isla entera: “¡La “Quisisana” se hundió por la Fajana!”. “¡La “Quisisana” está refugiada por la costa de Puntagorda!”. “¡A la “Quisisana” le explotó la dinamita!”. Este comentario sobre la dinamita era harto difícil de ser cierto, pues con la dinamita, necesaria para las obras que se hacían en la Isla, bien para carreteras o para las galerías del agua, se ejercía un control exhaustivo por la Guardia Civil y de Puertos, y no se permitía que en un mismo barco fueran juntos dinamita y fulminantes, tenían que ir en viajes distintos, y difícilmente la dinamita explosiona sin fulminantes.

De todas maneras, las pocas noticias que se tenían adquirían tintes lúgubres. Aún así, nadie se imaginaba lo espantoso de la tragedia. En este ambiente transcurrió todo el día trece.

En la madrugada del día siguiente, domingo 14 de enero, se hicieron a la mar desde el Puerto de Santa Cruz de La Palma los motoveleros “Evelia” y “Fausto”, patroneado éste por Francisco Brito San Fiel, hermano del infortunado patrón de la “Quisisana”; al llegar estos barcos a la zona de la catástrofe, apenas pudieron acercarse a dos millas del litoral, sin que pudieran localizarse vestigios de los náufragos, localizando sólo algunas tablas y bidones de la embarcación perdida. El rescate tuvo que abandonarse por imposible. Cuando algunos de los rescatadores protestaban por haberse suspendido las labores de auxilio, Francisco Brito, patrón del “Fausto”, exclamó: “¡Cállese, por Dios! ¿No ve que tengo ahí un hermano y dos sobrinos?”. Se confirmaba la tragedia: ni barco ni supervivientes. La consternación fue general. En Santa Cruz de La Palma se suspendieron todos los espectáculos públicos, ondeando en los edificios públicos y entidades particulares las banderas a media asta.

Aquella mar fue codiciosa: sólo devolvió los cuerpos de cinco de los náufragos:

-Buenaventura Díaz Fernández, encontrado su cadáver a mediodía del día 14, varado en una playa de Barlovento; traído a Santa Cruz de La Palma, velado en el salón de actos del C.D. Mensajero, y enterrado el día 15, lunes, a las 10 de la mañana. A dicha hora se paralizó casi en absoluto la vida de la población, se produjo una compacta manifestación de duelo, con la Banda de Música “La Victoria” y con todas las autoridades de la ciudad y de la Isla.

-Juan Felipe Toledo, encontrado su cuerpo el lunes 15, en el desembarcadero de Talavera, Barlovento, traído a esta ciudad y velado en los salones de la Sociedad Urcéolo Obrero (“La Obrera”, hoy desaparecida).

-Andrés Martín Brito, hallado su cuerpo también el lunes 15, por la tarde, en la Playa de la Fajana de Garafía. Trasladado a la capital por el motovelero “Fausto”.

-Santiago Sánchez García, “Pulido”, el motorista la embarcación, encontrado en la costa de Barlovento, en el sector mismo donde se produjo el suceso, traído por la lancha motora “Colón” a este Puerto, el 16 de enero, a las cuatro de la tarde.

Se produjo entonces una extraña coincidencia: al realizarse el sepelio de Juan Felipe Toledo desde la “Obrera”, en la calle Trasera, cuando su féretro llegó a la explanada del muelle, allí se le unieron los féretros de sus compañeros Andrés Martín Brito, traído por el “Fausto”, y el de Santiago Sánchez García, traído por la “Colón”.

Los féretros con los cuerpos de los tres amigos subieron juntos la cuesta de El Muelle en dirección a su última morada.

De los pasajeros, sólo apareció el cadáver de Gregorio García Medina, en la Baja del Corcho, el mediodía del día 18. Fue sepultado en San Andrés y Sauces. El resto de la tripulación y pasajeros el mar no los devolvió jamás: a Hermenegildo Brito San Fiel, “Merege”, el patrón; a los marineros Antonio Rodríguez Brito y José Miguel Rodríguez Pérez, y a los pasajeros Bernabé Rodríguez García e Hilaria Rodríguez Fernández la mar del norte se los tragó.

Me viene a la memoria las estrofas de una vieja y muy popular habanera que todo palmero canta y que suele llamarse “Sr. Capitán” (o así la llamamos algunos). Esas estrofas creo que bien pudieran referirse a la tragedia de la “Quisisana”, y que dicen así:

“Pobres marinos, Pobres pedazos del corazón / Que la mar brava se los llevó”.

En Santa Cruz de La Palma, de donde eran la mayoría de los náufragos, el dolor y la tristeza fue generalizado: el pueblo en masa acudió a los entierros; el entonces alcalde de Santa Cruz de La Palma, D. Agustín Perdigón Benítez, visitó los domicilios de los familiares de las víctimas, expresándoles “el sincero sentimiento de dolor de este vecindario” y un donativo de urgencia. Por parte de la Delegación Insular del Gobierno se abrió una suscripción popular para obtener recursos con destino a las familias de las víctimas. Esta lista la encabezaba el Jefe del Estado, el General Franco, por conducto del ministro de la Gobernación, el palmero don Blas Pérez González, con 50.000 pesetas (de la época), seguido del gobernador civil, D. Luis Rosón Pérez, con 40.000 pesetas y del Cabildo Insular con 25.000 pesetas. Toda Santa Cruz de La Palma respondió a este llamamiento, desde donativos de cinco pesetas hasta los de cien pesetas (del año 1951); y el resto de la Isla, también: el C.D. Aridane, el R. San Sebastián, el C.D Norte y la A. Central, con 134 pesetas. Pocos días después, el 23 de enero, la suscripción popular pro-víctimas de la “Quisisana” alcanzaba la respetable cifra de 116.355 pesetas de aquel entonces, en una España y una Isla sumidas en pleno bloqueo, en el racionamiento y en la dura escasez.

La “Quisisana” dolía. Quien mejor expresó en la prensa de entonces este profundo dolor, fue D. Juan Capote, persona muy relacionada con nuestro Puerto y sus gentes; de su artículo “Días de luto” reproduzco, por lo que tiene de expresivo, lo que sigue:

“Buenaventura, Antonio, José Miguel, Hermenegildo, Santiago, Andrés, Juan; todos nombres muy conocidos en esta Isla que circunvalaban cabalgando en su pequeña nave, todas las semanas, entrando y saliendo en pories y luchando a brazo partido con la muerte más de una vez, hasta que ésta les venció.

Pero estos hombres son conocidos y muy conocidos por algo más que por su profesión, por su honorabilidad, por su proceder de hombres honrados, por su laboriosidad, por su trato caballeroso y fino, porque eran, en una palabra, según expresión de sus propios compañeros de trabajo, “los mejores”. Por esto La Palma viste luto doblemente, por la magnitud de la catástrofe y por la calidad de las víctimas.

Todos ellos padres de familia y de familias numerosas, que lo han perdido todo, porque ya no les queda ni sus brazos para enfrentarse de nuevo con la lucha por la vida, ni la embarcación que era otro medio para ganarla”.

Estas líneas mías vienen motivadas por varios sentimientos: soy de San Telmo, del Tanquito, y desde niño oí con mucha frecuencia las historias de la “Quisisana”, que se me grabaron en el alma; cada vez que visito el Charco Azul, en San Andrés o las piscinas naturales de la Fajana, en Barlovento, al contemplar aquella mar tranquila en verano pero imponente, siempre, siempre, pienso lo mismo: “Ahí fuera fue”. A estos recuerdos añado mi ya vieja amistad con Neido Brito y Ventura Díaz, quienes empezando a ser hombrecitos, perdieron a sus padres (uno encontrado, otro no) en aquella desgracia. Los dos han salido “pa’lante” contra viento y marea, en años muy duros, como todos los demás huérfanos que la “Quisisana” dejó. De su honradez y esfuerzo, heredados de sus padres, muchos hemos aprendido mucho (aunque ellos no lo crean) y pienso que el recuerdo, ya olvidado por varias generaciones de palmeros, de la más terrible tragedia marinera acaecida en La Palma, debe recuperarse de las brumas del pasado. Rescatar algunos cuerpos no fue posible; rescatemos, pues, su memoria.

Y, finalmente, me permito hacer una petición a los responsables del Ayuntamiento capitalino. Debe conmemorarse esta efeméride de nuestra historia local, cincuenta años ya, que habla del esfuerzo y del trabajo durísimo de unos conciudadanos que en épocas muy difíciles entendían muy bien qué era la solidaridad, el trabajo honrado, la familia como primera preocupación, valores hoy día que parecen, si no olvidados, sí relegados a un segundo plano. Y también como homenaje a los hombres de la mar de nuestro pueblo, en esa tan llevada y cada vez menos traída tradición marinera de Santa Cruz de La Palma.

Es justo.

José M. López Mederos Profesor-Catedrático de E.E.M.M.

Nota: (1) Según la terminología marinera de finales del XIX, así se denominaban los paquetes y/o mercancías enviadas desde La Palma a Cuba.

Este artículo fue publicado en “La Prensa”, de El Día, el sábado 27 de Enero de 2001. Con posterioridad, el 8 de Septiembre de dicho año, le fue dedicada una plaza en el barrio de San Telmo a los náufragos de la “Quisisana”.